En esta obra, tres caballos galopan libres a través de un extenso campo verde que se abre hacia montañas lejanas y un cielo despejado. Cada uno, con su propia tonalidad —marrón oscuro, dorado y castaño—, aporta fuerza y carácter a la composición, pero juntos transmiten un poderoso sentido de armonía y dinamismo.
Las crines ondeantes, la musculatura en tensión y el movimiento enérgico de sus patas refuerzan la idea de vitalidad y libertad. El paisaje, con verdes vibrantes salpicados de flores violetas y amarillas en el primer plano, añade frescura y color, evocando la unión entre la naturaleza y la fuerza indómita del caballo.
Una pintura que no solo representa animales en movimiento, sino que captura la esencia misma de la libertad, convirtiéndose en una pieza que aporta energía y presencia a cualquier espacio.




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