La obra nos sumerge en un mundo marino vibrante, donde dos caballitos de mar —uno en tonos azules y anaranjados, el otro en matices cálidos de amarillo y naranja— parecen encontrarse frente a frente en medio de un arrecife colorido. Entre ellos, un tiburón atraviesa la escena con elegancia, mientras peces tropicales, como el pez payaso, añaden dinamismo al entorno.
El fondo azul intenso envuelve la composición con una atmósfera de inmensidad y serenidad, mientras que los corales en tonos rosados, violetas, naranjas y verdes aportan energía y riqueza visual. Esta pintura celebra la belleza y diversidad del océano.




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